Pero te confesé sin reservas mi pecado y mi maldad;
decidí confesarte mis pecados y tú, Señor, los perdonaste.
Por eso, en momentos de angustia, los fieles te invocarán,
y aunque las aguas caudalosas se desborden,
no llegarán hasta ellos.
Tú eres mi refugio: me proteges del peligro,
me rodeas de gritos de liberación.
