En todo momento demostramos ser verdaderos ministros de Dios: con mucha paciencia soportamos tribulaciones, penurias, angustias, azotes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y ayunos.
Nosotros obramos con integridad, inteligencia, paciencia y bondad; con docilidad al Espíritu Santo, con amor no fingido, en nosotros está la verdad y la fuerza de Dios. Usamos las armas de la justicia a diestra y siniestra.
En la honra y en la deshonra, sea que gocemos de buena o mala fama. Nos tratan como a mentirosos a pesar de que decimos la verdad, como a desconocidos cuando somos bien conocidos, como moribundos cuando estamos llenos de vida, como castigados pero no ejecutados, como tristes aunque estamos siempre alegres, como pobres aunque hemos enriquecido a muchos, como necesitados aunque poseemos todo.
